• Rodrigo Bedoya Forno

The Lighthouse

“The Lighthouse”, de Robert Eggers, se plantea como un descenso a la locura por parte de dos personajes, encerrados en una isla y encargados de un faro: Winslow (Robert Pattinson) es el inexperto, que ha llegado al trabajo más por necesidad que por convicción. Wake (Willem Dafoe) vive en la isla hace ya buen tiempo, y tiene una obsesión por ser el único que sube a ver el funcionamiento de la luz del faro.


Desde un principio, la relación entre los personajes es abiertamente tensa, y en eso ayuda, sin duda, los espacio que Eggers va filmando: la oscuridad de la casa en la que están, lo desolado de la isla, la naturaleza que, de pronto, puede parecer salvaje y atemorizante (el mar, esa gaviota que saca lo peor de uno de los personajes). La aparente normalidad con la que la película comienza se nos muestra siempre como algo que sabemos no va a durar, que va a ser quebrado de la manera más siniestra posible. Un poco con el “La bruja”, Eggers va filmando un mundo en el cual lo siniestro se va a instalar sin que los personajes puedan hacer nada al respecto.


Y esa aparición de lo siniestro ocurre, en efecto, pero de una manera distinta a lo que pasaba en “La bruja”. Porque lo que de pronto vemos es como los personajes van descendiendo a un estado cada vez más alucinado, donde la violencia parece avasallarlos y la locura se convierte en aquello que guía su conducta. Y la película pareciera que no encontrará otro camino para mostrar esa locura que la declamación y la sobreactuación: de pronto, nos encontramos ante dos actores que se esfuerzan por estar uno más alterado que el otro, declamando textos que están ligados a las viejas novelas de aventuras marinas, pero que aquí se sienten artificiales y dichos de una manera forzada para mostrar locura y desesperación.



Lo mismo se puede decir la fotografía en blanco y negro y la iluminación contrastada: lo que en un principio parecía un recurso para generar justamente esa sensación de normalidad a punto de ser quebrada, comienza a volverse una herramienta para reforzar el simbolismo de las situaciones: las referencias mitológicas ligadas a leyendas marinas (sirenas, monstruos, tormentas) están a la orden del día, pero no se sienten orgánicas a la narración: se sienten impuestas, creadas para darle a la película un costado oscuramente poético, pero que no deja de chirriar porque Eggers decide justamente resaltarlo a partir de la música y de la fotografía: la mitología no está ahí para ser un elemento del género, sino para jugar con simbolismos y metáforas que le dan a la película una gravedad innecesaria.


Muchos esperábamos, tras “La bruja”, la segunda película de Robert Eggers. Los resultados, lamentablemente, decepcionan: “The Lighthouse” es una película que coquetea con el terror pero que lo hace a partir de simbolismos y metáforas redundantes, dejando de lado los climas y ambigüedades que podrían haberse generado en una propuesta como esta.

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