• Enrique Silva

LA REBELIÓN

Actualizado: 26 de mar de 2019

El cineasta Rupert Wyatt hizo su mejor esfuerzo en "Rise of the planet of the apes" (2011), buen inicio de una trilogía simiesca culminada con mucha fortuna por Matt Reeves. Perdió el paso en "The gambler" (2014), deslucido remake del estupendo original de 1974 dirigido por Karel Reisz. Y retorna ahora con "La rebelión" (Captive state), curioso relato de ciencia ficción muy maltratado por un sector de la crítica estadounidense, que pretende que la película sea lo que no es. Es decir, que repita tal vez la fórmula de la odisea de los simios u ofrezca la más fluida combinación de acción escapista y efectos visuales digitales.


La cinta de Wyatt, escrita por él y Erica Beeney, va por otro lado, tiene un ritmo distinto al del típico blockbuster. No posee, por ejemplo, el vuelo ni la ambición de "District 9" (2009), la auspiciosa ópera prima de Neill Blomkamp, a la que recuerda a la distancia. Lo que parece interesarle más al realizador es ilustrar una suerte de thriller futurista, con connotaciones políticas y sociales, y una cierta estética de film noir. El mecanismo respira con el aliento justo.


La Tierra ha sido invadida por una monstruosa raza alienígena y se halla sometida, desde hace casi una década, a la voluntad de unos seres -que se hacen llamar 'legisladores'- con planes oscuros. Convertido en un estado cautivo, con la colaboración de terrícolas interesados en mantener su estatus, el mundo, empero, no está perdido. Un grupo rebelde ha formado una activa resistencia que, desde la clandestinidad y mediante actos subversivos, pretende recuperar el control del planeta.



En este contexto, que la secuencia inicial de los créditos explica rápidamente, encontramos varios personajes cuyos destinos se interrelacionan. Entre ellos un calculador inspector de policía (John Goodman) empecinado en limpiar toda subversión del distrito a su cargo en la ciudad de Chicago, la misteriosa prostituta que este frecuenta (Vera Farmiga) y un joven afroamericano (Ashton Sanders) decidido a integrar la célula rebelde a la que perteneció su hermano mayor, referente ausente que permanece en la memoria colectiva.


Wyatt maneja el suspenso y la tensión a partir de situaciones concretas. De la relación medio paternal entre el policía y el hermano menor del rebelde fugitivo, de las visitas que el mismo agente hace a la meretriz, de la labor que lleva a cabo la resistencia local, que alcanza sus momentos más logrados en la orquestación logística y ejecución del atentado en el estadio, y la inmediata huida de los involucrados. Que los aliens no sean tan visibles y su hábitat se halle en los bajos fondos resulta pertinente, contribuye a ese estado medio enigmático y opaco en el que transcurren las acciones. En ese mismo sentido, la ambigua conducta del policía alcanza su punto culminante en la secuencia del interrogatorio donde se revelan los audios de su trabajo de inteligencia.


El perfil bajo de la puesta en escena, con sus escenarios fríos y descoloridos, y su estilo narrativo sombrío, más cerebral que emocional, es lo que probablemente no ha despertado el interés del público. Un relato que merecía mayor suerte y que, al parecer, aspiraba a ser el inicio de una nueva franquicia.

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