• Rodrigo Bedoya Forno

LA FAVORITA

Actualizado: 10 de mar de 2019


“La favorita”, de Yorgos Lantimos, es un retrato de juego de poderes, envidias y tramas que se van tejiendo alrededor de la corte de la reina Ana (Olivia Colman), y la competencia que se establece entre Sarah Churchill (Rachel Weisz) y Abigail Hill (Emma Stone), donde el sexo juega un rol muy importante: la relación entre la reina y Sarah es algo que no puede salir de la alcoba de la monarca, pero de la cual Abigail se enterará para usarla a su favor.


Las películas anteriores de Lantimos habían creado mundos guiados por una especie de determinismo que parecía indicar la acción de los personajes: tanto en “The Lobster” como en “La muerte de un ciervo sagrado”, todas las desgracias y situaciones desagradables que vivían los personajes estaban planteadas no por un narrativa que acompañaba a esas situaciones, sino por un guión que enfatizaba el

costado costado mezquino, como queriendo reforzar la tesis de que la crueldad está presente en todos los costados de la condición humana. El cine de Lantimos se caracterizaba por un carácter demostrativo que hacía que sus personajes fueran simple elementos para enfatizar un mensaje que se repetía una y otra vez.



La crueldad y las situaciones desagradables son algo que persisten en “La favorita”, pero acaso lo que cambia en la propuesta tenga que ver con que acá sí se siente una evolución en los personajes: sus motivaciones ya no son simplemente la excusa para demostrar una tesis y decir unas cuantas cosas sobre lo terrible que es mundo y lo crueles que son los seres humanos.


Lo que vemos en “La favorita” es un juego de poderes que se van moviendo en una corte oscura, que el cineasta va deformado a través de la profundidad de campo pero también de una iluminación opaca que va creando esos espacios secretos, oscuros, donde no todo se dice y donde varias conspiraciones se van gestando. A Lanthimos no le interesa explotar el erotismo de la relación que se establece entre la reina y sus dos favoritas, si no más bien establecer competencias entre ellas, de la misma forma en la que le interesa la dinámica política y las movidas entre ‘whigs’ y ‘tories’. Relaciones que no se basan en la negociación, sino más bien en la intimidación y la violencia. Todos los personajes en la película tienen intereses que quieren sacar adelante, y no tienen otra manera de hacerlo que a partir de ejercer el poder de la manera más violenta y opaca posible.


En ese contexto, el sexo se convierte en un arma más dentro de ese juego de poder; un arma que se utiliza no tanto para sentir y dar placer sino más bien para conseguir objetivos y destruir a los contrincantes. Y la puesta en escena de Lantimos nos va mostrando que, dentro de la formalidad de la corte, todo ese una farsa en la que se construyen las peores intrigas; tan farsa como esas pelucas y esos bailes exagerados que el cineasta usa para meternos en su universo.


Es cierto que hay hábitos que son difíciles de acabar, y en algunos momentos ese costado demostrativo que lastraba los otros filmes de Lantimos se impone (ahí están los conejos y toda la secuencia final), pero estamos sin duda ante una película en la que la misantropía general del cineasta griego está mucho más guiada por las acciones y la lógica de los personajes que por el determinismo del guion.


Rodrigo Bedoya Forno

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