• Rodrigo Bedoya Forno

La camarista

La rutina de Eve (Gabriela Cartol), trabajadora de limpieza de un hotel de cinco estrellas en Ciudad de México, es la base de esta película de Lila Avilés: lo que importa en el encuadre es el personaje principal y una rutina que se basa en el trabajo y en la timidez, en el sacrificio pero también en el esfuerzo de pasar desapercibida.



La directora va retratando al personaje a través de planos fijos que nos dan cuenta de una rutina intercambiable, donde el paso de tiempo casi ni se siente: lo mismo da que Eve esté cambiando unas sábanas, dándose un duchazo o estudiando. Todo va formando parte de una monotonía que es más grande que ella, en donde el mundo externo queda anulado (lo poco que sabemos de la vida familiar del personaje lo conocemos a través de llamadas telefónicas). El mundo del trabajo como una prisión, como una rutina que iguala todas las actividades.


¿Qué le queda entonces al personaje? Pues pequeñas rebeliones contra esa prisión: el sueño de una promoción a un mejor puesto, las risas y los juegos con una colega, la tensión sexual con un compañero. Las cosas más comunes se convierten, dentro de la rutina del personaje, en momentos que humanizan, en pequeñas situaciones de liberación contra la opresión. El rigor de la puesta en escena de Avilés van permitiendo que sigamos a Eve en ese día a día, y que gocemos con ella de los momentos en los cuales consigue mostrar esa libertad que oculta su situación.

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