• Enrique Silva

JOHN WICK 3: PARABELLUM

Keanu Reeves ha relanzado con éxito su carrera gracias al personaje de Jonathan (John) Wick, un asesino tan hábil que ha logrado un estatus prácticamente inmortal en las tres películas que ha protagonizado hasta la fecha. Relatos trepidantes cuyos argumentos no son lo sustancial, sino las puestas en escena, muy dinámicas e imaginativas, no exentas incluso de ironía y humor negro.


La cinta de 2014, codirigida por Chad Stahelski y David Leitch, ubicaba a Wick en una vorágine de violencia con el objetivo de vengar la muerte de su mascota. En la secuela de 2017, a cargo de Stahelski en solitario, se afirmaba la ultraviolencia más descarada en una aventura que ampliaba su radio de acción y el número de víctimas mortales. Además, su abierto epílogo ponía en aprietos al indestructible Wick, espectorado de la agencia secreta para la cual trabajaba y a merced de cualquier sicario.


"John Wick 3: Parabellum" sigue similares parámetros y empieza donde termina la realización previa. El asesino ha sido 'excomunicado' debido al incumplimiento de ciertas reglas de su organización y el precio inicial por su cabeza es de 14 millones de dólares. A partir de ese instante, su lucha por la supervivencia será el detonante de una serie de persecuciones y peleas, cada cual más violenta y sangrienta, que el director Stahelski, nuevamente en el panel de control, coreografía a voluntad y con ingenio.



Los espacios y escenarios son tan diversos como los sicarios dispuestos a cazar al fugitivo. Decenas van tras sus pasos y caen uno tras otro. El imparable Wick, golpeado y herido, está decidido a no dejarse vencer. Por el camino, además de su sinuoso superior Winston (el impecable Ian McShane), el funcional asistente Charon (Lance Reddick) y el rey del Bowery (Laurence Fishburne), se encuentra con variopintos secundarios como la jefa rusa (Anjelica Huston), su excolega Sofia (Halle Berry), una burocrática 'adjudicadora' (Asia Kate Dillon) y hasta un sicario rival llamado Zero (Mark Dacascos) que confiesa su admiración por él.


Es cierto que el relato se extiende más de lo necesario. Por ejemplo, en la secuencia del desierto, que aporta poco y debió ser breve, o en la pelea final, desarrollada en un perfecto ambiente de espejos y cristales, que luce un tanto mecánica. Sin embargo, la hiperactividad que destila la narración, por momentos similar a un ambicioso videojuego del que no puede uno despegarse, se traduce firmemente en varios enfrentamientos memorables. Entre ellos, Wick contra el gigantón en la biblioteca, ante los asiáticos con múltiples armas blancas en un ejercicio de fortaleza y resistencia, o durante la visita -acompañado de Sofia y sus perros- a un peligroso miembro de la orden. Vigoroso entretenimiento escapista, sin duda, que continuará en una cuarta entrega. Hay John Wick para rato.

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