• Enrique Silva

HABÍA UNA VEZ... EN HOLLYWOOD

Quentin Tarantino alcanzó la cima de su creatividad en "Kill Bill" (2003), en cuyas dos partes le rindió homenaje al cine de artes marciales que tanto le apasiona. Pero previamente había hecho tres notables largometrajes donde hallamos, a pesar de -o gracias a- sus exabruptos, una homogeneidad que los filmes posteriores al protagonizado por Uma Thurman y David Carradine han ido perdiendo. "Reservoir dogs" (1992), "Pulp fiction" (1994) y "Jackie Brown” (1997), junto a "Kill Bill", siguen siendo la muestra más palpable del mejor Tarantino.


Los detractores del cineasta se regocijan afirmando que, por ejemplo, "Kill Bill" es solo un amplio reciclaje de ideas y fórmulas sacadas de diversas cintas asiáticas, en especial de "Lady Snowblood" (1973), de Toshiya Fujita. Sin embargo, lo cierto es que la muy ambiciosa realización de Quentin, por más referentes que pueda tener, respira por sí misma con brillantez. Habría que revisar, por cierto, el nuevo montaje donde fusiona los dos episodios, como fue su intención inicial, y que ha titulado "Kill Bill: The whole bloody affair", con una duración de 247 minutos.


"Había una vez... en Hollywood" (Once upon a time... in Hollywood) deja, de primera impresión, una sensación de insatisfacción. No porque carezca de interés o de secuencias contundentes y muy logradas, sino debido a que su ensamblaje luce disperso, irregular. Se ha dicho por ahí que es metaficción, que rompe o replantea mitos, que juega con los mecanismos de la representación, que es una carta de amor al cine (el que a Tarantino le gusta sería más apropiado afirmar), que ilustra el fin una era en Hollywood (el ocaso de los años 60), etc. Todo eso suena bien, pero lo que manda es el resultado en pantalla, que es imperfecto.



Las correrías de Rick Dalton (Leonardo DiCaprio), actor televisivo en decadencia, y Cliff Booth (Brad Pitt), su doble de riesgo y asistente personal, empiezan muy animadas. Dalton quiere dar el salto al cine y gracias al acertado consejo de un viejo productor (Al Pacino en caricaturesca interpretación) lo hará posteriormente con éxito en spaguetti westerns rodados en Italia (tal como lo hizo Clint Eastwood en la realidad). Claro que referirse aquí a Sergio Leone habría sido demasiado obvio, así que Tarantino prefiere mencionar a artesanos de segunda fila (Sergio Corbucci, Antonio Margheriti, Gianfranco Parolini), por quienes siente también una profunda admiración.


Dalton tuvo su mejor momento en la pantalla chica a fines de los años 50 y una década después se halla extraviado en Hollywood y su carrera al borde de la extinción. Lo que resulta paradójico siendo vecino de la exhuberante Sharon Tate (encarnada por Margot Robbie), estrella en ascenso y casada con el famoso Roman Polanski. Ya sabemos que la trayectoria de Tate quedó trunca al ser brutalmente asesinada junto a unos amigos por miembros del siniestro clan de Charles Manson en su residencia de Cielo Drive. Hecho de sangre que Tarantino altera significativamente en función de reinventar la Historia a su antojo y rubricar la aventura como una suerte de fábula, de cuento de hadas (imposible).


Acierta el cineasta en la muy cuidada reconstrucción de época, a lo que contribuye la notable fotografía de Robert Richardson. Igualmente en los apuntes sobre la televisión en blanco y negro, en las múltiples referencias cargadas de nostalgia. Inclusive en la utilización de un variado soundtrack, que no desentona nunca. Y es lo suficientemente atrevido como para servirse, en una determinada escena, de uno de los temas de la partitura original que compuso el legendario Bernard Herrmann para "Cortina rasgada" (1965), suite que el maestro Hitchcock desechó por completo.



Lo más resaltante se halla en la hora y media inicial, especialmente la visita de Booth al rancho habitado por el clan Manson. Lugar que luce polvoriento, decadente y fantasmal, que sirvió en el pasado como locación para el rodaje de producciones del 'género rey'. Hay mucha energía y tensión en esa secuencia, en la que el 'intruso' solo quiere reunirse con el viejo propietario (Bruce Dern), al que conoce de otros tiempos, que ha alquilado el predio a Manson y sus aliados ( en su mayoría mujeres), y sigue allí -en sus dominios- como un 'secuestrado por propia voluntad'.


Algunas escenas tienen gracia y buen humor, aunque no estén del todo aprovechadas, como ocurre con la pelea entre Bruce Lee y Booth. Otras se revelan equilibradas, pero se extienden más de la cuenta, como la conversación entre Dalton y la niña actriz (una estupenda Julia Butters) en un alto de la filmación de una serie del viejo oeste, que no obstante su longitud es un buen ejemplo del ‘timing’ tarantiniano. Tiene sentido, además, porque dará pie luego a una muy buena escena de rodaje en la que participan la pequeña y Dalton como 'artista invitado', cuya culminación es óptima.



DiCaprio está bien, Pitt se desenvuelve mejor, y la figura de Robbie no logra escapar de lo meramente decorativo, salvo en la secuencia que le rinde tributo a Sharon Tate. La actriz ingresa al cine a verse a sí misma en su más reciente película, la discreta "The wrecking crew" (1968), de Phil Karlson. Lo divertido del asunto es que la Sharon ficticia admira en la pantalla a la Sharon auténtica y el goce es total.


Lo que no ha conseguido el buen Quentin son diálogos tan inspirados como en otras oportunidades. Hay instantes de interacción sólidos, pero pareciera haber perdido la contundencia y armonía de tiempos pasados. Hay una evidente ligereza en diversos momentos y una irritante autocomplacencia en el tramo final. Un desenlace atropellado, pueril. Unos asesinos de pacotilla se confunden de propiedad y acaban masacrados de la peor manera. Sí, el realizador cambia la Historia, pero lo hace con la convicción de gastar una broma que resuena de mal gusto.


"Había una vez..." produce sentimientos encontrados. Puede apreciarse la habilidad y el temperamento de un cineasta que disfruta con lo que sabe hacer, pero también hay un distinguible desgaste. Tarantino decepciona.

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