• Enrique Silva

EL MUÑECO DIABÓLICO

El mayor mérito de esta revisión, puesta al día, actualización, de "Chucky, el muñeco diabólico", es haber encontrado la manera de no parecerse, o tratar de ser diferente, al filme original. Podría incluso afirmarse que cada película es producto de su tiempo.


En la cinta de 1988, dirigida por Tom Holland, la posesión del juguete infantil por un alma envenenada (la de un avezado homicida que encuentra así la manera de evadir a la justicia) estaba ligada a lo sobrenatural. Y la conducta infernal del muñeco se desarrollaba en función de este aspecto. La sucesivas secuelas no estuvieron a la altura, salvo aquella irreverente que hizo el asiático Ronny Yu una década después, en la que, emulando al Dr. Frankenstein, le puso novia a Chucky y no escatimó el más delirante humor negro.



El nuevo relato, realizado por el noruego Lars Klevberg, cambia un tanto las reglas de juego y moderniza no solo la apariencia de Chucky, sino su génesis, acorde con la avanzada tecnología de hoy. El engendro viene ahora con cámara (que agrega su propio punto de vista) y grabadora incorporadas, lo cual lo convierte en un juguete único. Y su transformación en villano ya no tiene nada que ver con posesiones o rituales sobrenaturales. Acá se trata de una alteración en el chip que le da vida y que ocasionará que asimile lo bueno y lo malo de su entorno, pero se decante por lo negativo, convirtiéndose en un monstruo, pequeño pero letal.


El dueño de Chucky es aquí un adolescente que se lleva muy mal con el novio de su madre y usará inicialmente a su ‘flamante amigo’ para asustarlo en complicidad con dos traviesos vecinos, menores de edad como él, quienes colaborarán sin proponérselo en la ‘mala educación’ del muñeco. La escena en que hacen chacota mientras ven una ‘slasher movie’, despreocupados de la atenta mirada del intruso, se percibe agresiva, pero también da cuenta de que el realizador no se toma las cosas muy en serio. Sin embargo, es un acertado preámbulo de la desatada violencia que vendrá luego.

Curioso y divertido híbrido, este Chucky del siglo 21 fluye con sus calculados golpes de efecto. entre la comedia de ribetes sarcásticos y el horror cargado de hemoglobina. Algunas de sus secuencias son realmente frenéticas (las muertes de la anciana y el conserje, el desenlace en la tienda de juguetes) y no faltan las referencias cinéfilas, especialmente a "Una matanza sin igual" (1974), de Tobe Hooper.

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