• Rodrigo Bedoya Forno

El caso de Richard Jewell

“El caso de Richard Jewell”, de Clint Eastwood, es la historia de un hombre que comienza a dudar de todo aquello que ha creído, y que ha sido parte de su estructura de vida. Jewell (Paul Walter Hauser) es un guardia de seguridad que busca ser el mejor ciudadano posible, alguien que sigue las reglas y que respeta la ley y el orden. Pero todo su mundo y sobre lo que éste se construye comienzan a caerse cuando justamente las mismas instituciones que él tanto respeta y admira comienzan a perseguirlo, convirtiéndose sospechoso de haber puesto la bomba en un concierto durante los Juegos Olímpicos de Atlanta, en 1996, donde trabajaba como parte del equipo de seguridad.


Los primeros minutos de la película nos meten en el mundo de Jewell, un agente de seguridad que quiere llegar a ser policía, y que muchas veces exagera su forma de trabajo debido a su intención que el orden se imponga. Por ese motivo, le llama mucho la atención una mochila dejada debajo de una banca durante un espectáculo de la fiesta olímpico. La tensión que genera Eastwood mostrando todo el tiempo esa mochila enrarecida va turbando lo cotidiano, va transformando el momento de relajo y diversión en uno de total crispación. Ecos hitchcockianos se sienten en esa situación que pasa de lo natural y relajado a lo crispado en cuestión de minutos, en donde lo normal adquiere una dimensión mucho más oscura.


Hasta que el horror de la explosión se impone. A partir de ese momento, el propio Jewell, quien ayudó a manejar la situación salvando muchas vidas, se convierte en un sospechoso de haber puesto la bomba. Y Eastwood, desde ese punto, nos va mostrando cómo todo un sistema se vuelve contra el protagonista; el propio sistema en el que Jewell siempre creyó, al que le juró lealtad y con el que se niega a pelear incluso cuando éste lo humilla y lo condena: cada vez que los procesos del FBI abusan de él, él los justifica. Cuando las diligencias se vuelven cada vez más violentas, él trata de entenderlas, defendiendo lo indefendible.


“El caso de Richard Jewell”, por este motivo, es el retrato de un hombre que ve como aquello en lo que siempre se confió se convierte en su peor enemigo. Jewell es casi un estereotipo de cierto concepto del ciudadano americano promedio, que confía en sus instituciones, que cree en el derecho a tener armas, que se pelea y reclama si es necesario frente a actitudes que perturban la vida en comunidad (el momento con los jóvenes universitarios), pero que es capaz de gestos gentiles y generosos con aquellos que cree que lo merecen.



Ese personaje, que representa un estilo de vida muy arraigado en cierto imaginario estadounidense, es cuestionado en la película de una manera violenta e implacable por dos instituciones también muy arraigadas dentro del imaginario americano: las agencias de seguridad (el FBI) y la prensa. Es por eso que se gesta, de esta manera, una alianza improbable: a la defensa de este típico americano, sale alguien que siempre desconfió en el sistema: el abogado Watson Bryant (San Rockwell). Irascible y escéptico, él entiende que el poder de todas las instituciones es capaz de sacar de cuadro y destruir la vida de cualquier persona; incluso de aquellos que siempre creyeron y defendieron a ese sistema, como el propio Jewell.


Por eso, los momentos más logrados de la película son aquellos en los cuales se da esa confrontación entre abogado y defendido, que se plantea justamente en base a lo más cotidiano: la luz opaca de la película inunda la casa del protagonista, la cámara se mantiene alejada de las discusiones creando un tono desencantado, acaso el desencanto que siente el propio Jewell sobre cómo aquello que siempre creyó que era lo correcto en realidad puede ser una máquina agresiva, capaz de devorarlo.


Esta característica lo pone al personaje en la misma línea de otros héroes del cine de Eastwood: el comandante Sully se pregunta todo el tiempo si está en lo correcto; el Chris Kyle de “American Sniper” se retuerce, dudando cada vez que le dicen que es ‘un héroe’; el Earl Stone de “La mula” busca mantener sus tradiciones en una América que ha cambiado para siempre. Jewell, a partir de la interacción con su abogado, se va preguntando si valió tanto confiar en las instituciones en las que confió, si ponerlas en un pedestal valió la pena. Y esas dudas le van a dando a la película ese tono desencantado que Eastwood transmite con mucha potencia.


Es interesante ver cómo Eastwood establece, en la película, una mirada sobre los EE.UU. y sobre formas de vida que hoy aparecen amenazantes, distintas, mal vistas. El lado afable de Jewell, que todos conocemos, contrasta con su afición por las armas, un derecho dado pero muy cuestionado en el país del norte. Él, hombre blanco, vive con su madre en el sur profundo, busca la ley y el orden, respeta la bandera, mantiene un tipo de vida extremadamente tradicional. Valores que hoy por hoy generan sospecha, desconfianza, hacen que uno arquee las cejas. Eastwood pareciera preguntarse qué tipo de espacio le queda a personas como Jewell en la sociedad, de qué forma ese estilo de vida, que representa un imaginario conservador y tradicional, encaja en un EE.UU. cada vez más cosmopolita y diverso; al punto de que incluso puede parecer un peligro.


Pero las respuestas que da Eastwood frente a esas preguntas son particularmente humanistas: así como hay una reivindicación de Jewell, también hay espacio para el abogado que desconfía de las instituciones; o para los inmigrantes, representados en la secretaria/pareja de Rockwell. El director pareciera apuntar a un EE.UU. donde todos tienen un espacio, donde todos pueden convivir, desde los tradicionales hasta los liberales, desde los hombres blancos hasta los inmigrantes, desde aquellos que quieran al sistema como aquellos que desconfían de él. Esa mirada amplia es algo que ha caracterizado al cine del director desde hace una década (quizá desde “Gran Torino”) y que acá, de nuevo, se hace presente.

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