• Rodrigo Bedoya Forno

Dolor y gloria

“Dolor y Gloria”, de Pedro Almodóvar, sigue el camino de Salvador (Antonio Banderas), un director de cine que parece haber perdido la motivación no solo para hacer su arte, sino para vivir. Sin ningún proyecto importante, el cineasta comienza a recordar los tiempos de su infancia (con la figura de su madre como centro) mientras lidia con sus achaques de salud y se reencuentra tanto con un viejo actor con el que terminó mal después del rodaje de una película como con un antiguo amante argentino.


La última película del cineasta español tiene mucho de testimonial, no tanto por los hechos que ahí se cuentan sino por el tono casi desencantado de un cineasta que, a partir de un ‘alter ego’ (notable Banderas en el rol) mira ciertos temas que han sido importantes en su obra: la relación con la madre, el descubrimiento de la homosexualidad, los viejos amores, los actores que dirigió, los proyectos que pudo y no pudo concretar y el cuerpo, no necesariamente como elemento de placer, sino como cosa que, irremediablemente, se va volviendo contra uno.



Salvador es un tipo que siente el fracaso en todo lo que ha hecho, y que mira su pasado a partir de ese prisma: nada le ha salido como debería, todas sus relaciones han terminado truncas y las enfermedades lo acompañan de manera más frecuente, de la misma manera que la apatía que siente frente a la creación cinematográfica. Resignado, lo único que le queda es consumir heroína y dejar que el tiempo pase; un tiempo que lo único que ha hecho ha sido traicionarlo.


La puesta en escena de Almodóvar busca marcar la inevitabilidad de ese malestar, como si los problemas de Salvador estuvieran escritos de antemano, sin nada que se pudiera hacer al respecto. La melancolía y desgano se van encarnando en el tono del filme, que se aleja de la sensualidad de películas tan recientes del director como “Julieta” y prefiere más bien centrarse en la resignación del protagonista frente a su salud, sus relaciones, su apatía. La soledad es la consigna de Salvador y todo acto que comete, como escribir, leer y drogarse, parecen formas de pasar el tiempo que llevará a lo que, sin duda, es el punto final: la muerte.


Pero si ese presente resulta tan terrible y resignado, la sensualidad está en el pasado, en el recuerdo, en esos momentos donde el agua establece la relación con el cine pero también con el erotismo y con el despertar sexual; con el ruido del río y del mar, con la sensación del viento y el sol que quema; con el canto de Rosalía mientras la ropa se lava y, por supuesto, con la sonrisa, la presencia y la voz de Penélope Cruz.



Si todos los caminos de Salvador han llevado al fracaso, la memoria es lo único que le da cierto nivel de refugio y de calidez. Un pasado con el cual el cineasta busca reconciliarse de una u otra forma, acaso como manera de acercarse de nuevo a la creación pero quizá también como manera de estar más en paz mientras la muerte va llegando y la enfermedad acaba con el cuerpo.

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