• Enrique Silva

COME LIVE WITH ME


Clarence Brown (1890-1987) fue uno de los cineastas más exitosos de la Metro-Goldwyn-Mayer. Se especializó en melodramas, comedias románticas o sentimentales y relatos de corte familiar, abordando muy poco o nada otros géneros. Desde la década del 20 hasta su retiro voluntario en 1953 dirigió varios atractivos largometrajes, entre los cuales figura "Come live with me" (1941), que protagonizan la hermosa Hedy Lamarr y James Stewart, quien acababa de ganar el Oscar por "The Philadelphia story" (1940), de George Cukor.


Un argumento de características previsibles se convierte en una sólida historia gracias a un bien empaquetado guión (obra de Virginia Van Upp y Patterson McNutt) y una hábil realización. El casual encuentro de Johanna (Lamarr), una inmigrante austriaca a punto de ser deportada, y Bill (Stewart), escritor desempleado y sin suerte, da lugar a una elegante comedia romántica con algunos enredos y situaciones humorísticas. Ella no tiene sus papeles en regla, por lo que le propone a él un intercambio de favores: casarse para obtener la residencia estadounidense a cambio de un dinero semanal que permita subsistir a Bill. A su vez, este ignorará que Johanna tiene un amante (Ian Hunter), director de una importante casa editorial.



Se forma entonces un singular triángulo amoroso en el que Brown crea las atmósferas adecuadas y desarrolla los conflictos con solvencia. Por ejemplo, la escena en que Johanna y Bill se cruzan por primera vez da pie a una graciosa conversación entre el escritor y un avispado mendigo (Donald Meek) que pasa por su lado. Seguidamente la pareja se vuelve a ver en un bar restaurante, donde recién logra interactuar. Secuencia bien planificada y resuelta a partir de una inofensiva confusión.


Asimismo, el hecho de que Bill empiece a escribir una novela inspirada en su relación con Johanna y se ponga en contacto con el amante en su propia editorial, se advierte como una situación crítica. Que el realizador maneja con gran ironía en una memorable secuencia, en la que también interviene la inteligente y práctica esposa del editor (Verree Teasdale).


Otro hecho, más significativo aún, es que Johanna y Bill se van enamorando. Lo que podemos adivinar y no es, en definitiva, lo esencial de la aventura romántica, sino la trayectoria que conduce a la confirmación de sus sentimientos mutuos. El cineasta lo afirma de manera convincente en el tramo final del relato, en la casa de campo de la abuela del escritor, donde este ha llevado a la bella austriaca con la intención de convencerla de no divorciarse.


Diversos elementos se conjugan aquí para demostrarnos que Johanna y Bill son compatibles y podrían tener un futuro juntos. El más importante se traduce a través del poema incompleto que él le recita y la emoción que suscita en ella. No se puede romper el encanto, pase lo que pase. La culminación es perfecta, el lirismo se impone.


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