• Rodrigo Bedoya Forno

Avengers: Endgame

“Avengers: Endgame” nos presenta el duelo de unos superhéroes que no pueden lidiar con el fracaso: el tiempo no sana la desgracia generada por Thanos, y los Vengadores buscan remediar en algo el hecho de que nada pudieron hacer, incluso al costo de volverse tan crueles como su propio enemigo (el caso de Thor es particularmente ejemplificador de esto). Pero nada hará volver a los desaparecidos, y la primera media hora de la película, pausada y anticlimática, parece seguir el ritmo interno de unos personajes que, por más superpoderes que tengan, viven el difícil proceso de masticar la derrota y de sanar lo que perdieron.


Pero, claro, la acción tiene que comenzar en algún momento, y de pronto surge la posibilidad de recuperar a los caídos en base a un viaje en el tiempo. A partir de ese momento, la película comienza a abrir distintas líneas narrativas en donde los superhéroes van por el tiempo tratando de recuperar las Piedras del Infinito antes que Thanos las encuentre. “Avengers”, de esta manera, regresa a la fórmula ya conocida: combinar la acción con ciertos momentos de humor, con Thor haciendo del ‘comic relief’ mientras los personajes van al pasado, para cumplir la misión. Los chistes con relación a la cultura popular (con referencias a varias películas que juegan con la idea del viaje en el tiempo) no necesariamente funcionan, ya que el guiño de la nostalgia aparece casi siempre forzado, como si la cinta se sintiera obligada a rendirle homenaje, de una forma u otra, a la tradición que está recogiendo.


Las líneas narrativas de la película se van expandiendo, y solo una consigue de verdad explotarse al máximo, jugando con la tensión y mezclando muy bien la acción con lo inesperado: aquella que transcurre en Nueva York con Iron Man y Capitán América. El resto de situaciones se sienten un tanto dispersas: la película se esfuerza en abarcar la mayor cantidad de planetas y líneas narrativas posibles pero, en ese intento, descuida la intensidad narrativas de todas ellas, que van quedando diluidas, como meras secuencias ilustrativas hechas para explicar la acción.



Hasta que los Vengadores regresan al presente, y comienza la batalla final, aquella que reúne a todos los personajes que han surgido en las distintas películas de la franquicia, y que ahora tienen la oportunidad de unirse para acabar con Thanos de una vez por todas. El principal mérito de esa batalla es que los hermanos Joe y Anthony Russo, directores del filme, entienden que se trata de la gran batalla, la última, aquella que define la saga pero que marca un adiós.


Y con esa conciencia, los cineastas le otorgan al enfrentamiento una dimensión épica pero también con tintes melancólicos: la acción se va mezclando con (o más bien, potenciando) la impresión que estamos ante el último vuelo del Capitán América, el último esfuerzo de Iron Man, el último golpe de Thor. Esa batalla final es un canto del cisne, el último gesto para la platea de los héroes de todos. Hasta en la voz de Thanos jurando la destrucción de la humanidad se siente la melancolía de saber que esa pelea será la última, para bien o para mal.


La épica, de esta manera, no solo acompaña la espectacularidad de la batalla final, sino que despide a los héroes viejos, a aquellos que fundaron la saga y que ahora ceden su poder a los nuevos rostros: a los jóvenes, como Spider Man; a las mujeres representadas en Capitana Marvel; a la diversidad racial encarnada en Pantera Negra y Falcon. “Avengers: Endgame” cierra el telón con la consciencia de que estamos ante el fin de una era, y hace que la acción potencie esa sensación del adiós.

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