• Rodrigo Bedoya Forno

Roma

Actualizado: 10 de mar de 2019

“Roma”, de Alfonso Cuarón, cuenta la historia de Cleo (Yalitza Aparicio), una joven trabajadora del hogar que labora en una casa de clase media alta en la colonia Roma, en Ciudad de México. La historia de filme ha sido inspirada de los recuerdos de la infancia del cineasta mexicano, y el dato no es menor. Porque lo apasionante de la propuesta, más allá del costado eminentemente afectivo que muchas veces impone la memoria, es como el cineasta va enlazando lo más íntimo con lo social y político, como va generando una propuesta que, al mismo tiempo, nos va marcando el ritmo de la memoria mientras observa escenarios mucho más convulsionados e injustos que están ahí, presentes y latentes.


La propuesta de la película pasa por ir marcando la cotidianidad de Cleo, una cotidianidad que la película retrata a partir de pequeños actos que se van repitiendo: ella ordena la casa, baja las escaleras, cuida de los niños, habla con su compañera en lengua mixteca. Tal retrato es filmado por Cuarón a través de largos planos en los que la cámara va siguiendo a Cleo en esa rutina repetitiva, como si la película quisiera, en base a esa contemplación y repetición, fijar ese accionar, volverlo un rito del cual el personaje no se puede despegar.


Se ha señalado que uno de los problemas de “Roma” es que no hace una crítica del sistema opresivo bajo el cual Cleo vive, como señalándole a Cuarón que su propuesta debió haber estado más cerca del panfleto o del alegato, que la crítica debió haber sido mucho más evidente. Pero a Cuarón no le interesa subrayar las diferencias con plumón, sino más bien ir construyéndolas a partir de su puesta en escena. En la quietud con la que filma la rutina de Cleo, en esos movimientos repetitivos, vamos entrando al universo de un personaje que no puede salir de su día a día, que parece programada para vivir sus labores repetitivas sin forma de escape. Cuarón no busca hacer un alegato, sino ir construyendo un universo basado en pequeños actos que se van repitiendo y que van marcando un destino que parece escrito de antemano.


Tal idea de la ritualización de las situaciones es algo que también lo podemos notar en los momentos menos íntimos, cuando la película sale de la casa y se abre a la Ciudad de México ruidosa y viva, pero también violenta. Los planos largos de Cuarón sirven para mostrar esa ciudad en la que siempre hay bulla y movimiento, y en la que se va mezclando lo íntimo con lo social. En esa rutina popular de ir al cine, Cleo revela su embarazo. En ese mundo de gente que camina un día por la noche, uno de los hijos ve al padre con su nueva mujer. “Roma” es una película que busca trasladar el recuerdo a algo palpable, y para hacerlo le da una importancia fuerte a los espacios y al movimiento en ellos, y cómo estos también van revelando el costado más íntimo de los personajes.


Y en esa ecuación, la violencia también forma parte de la ritualización, a partir de movimientos de cámara lentos y largos, que van fijando las acciones en un tiempo indefinido, cuyos ecos se sienten en el México contemporáneo. Un primer ejemplo de ello: la secuencia del fin de año en la finca, con los amigos de la empleadora de Cleo disparando en el campo abierto. Tal secuencia marca la actitud prepotente y arrogante de las clases altas, de los dueños de la tierra, que ejercen una violencia normalizada, acaso esa violencia normalizada que condena a Cleo a la sumisión, mientras ella asustada busca a los niños para alejarlos del sitio de los disparos. A esos disparos, responde el incendio provocado de esos mismos campos, todo enmarcado en las disputas por el control de la tierra. Los conflictos sociales están ahí, presentes, generando una tensión que la película filma con esa contemplación casi resignada, como si esos problemas no tuvieran una solución posible, o como si ya formaran parte de la normalidad de la sociedad mexicana.


Lo mismo se puede decir de la secuencia de la masacre de Corpus Cristi: Cuarón no acelera la acción o marca el peligro, sino que nos va mostrando como esa violencia afecta a los ciudadanos, como ellos conviven con esa crueldad que se mete hasta en los momentos más cotidianos. Cuarón hace de la violencia un elemento más de esa cotidianidad de la Ciudad de Mexico de 1971, tan palpable y contundente como el movimiento y el ruido de la gente en los momentos más relajados. La alegría y el horror conviviendo en un mismo espacio, como si fuera la cosa más normal del mundo. “Roma”, al hablar de la historia, también hace un guiño a los tiempos difíciles del México de hoy.

Pero, de nuevo, no hay que olvidar algo que es esencial para entender la propuesta de la película: estamos ante los recuerdos de un cineasta que mira su propia vida. Y ahí también la puesta en escena juega un rol esencial para capturar esa sensación de recuerdo grabado, que ha marcado al cineasta y que ahora busca transmitir a partir de su cine. El blanco y negro sin duda ayuda a generar esa idea de memoria que trasciende el tiempo, pero es sobre todo la longitud de los encuadres, ya sea en movimiento o fijos, lo que nos permiten meternos en los detalles de los espacios: la casa, el garaje, las calles. Las texturas se vuelven muy importantes para sumergirnos en esa familiaridad que Cuarón va construyendo, y de la que Cleo forma parte: mientras la ritualización señala ese costado programado de su día a día del cual no puede salir, al mismo tiempo nos vamos familiarizando con ella y con sus actitudes. Como suele pasar con la memoria, los recuerdos más duros conviven con los más tiernos, y Cleo es la prueba de ello.


Cuarón, a partir de la contemplación que impone su puesta en escena, va haciendo que notemos las texturas de los espacios: la organización de la casa, la vitalidad de la calle, la estrechez del estacionamiento. La repetición de pequeñas situaciones en distintos espacios, tanto cerrados como abiertos, van creando una familiaridad muy particular con ellos, como si pudiéramos sentirlos casi de forma física, generando cierta sensación de calidez. De pronto, esos ambientes adquieren una dimensión que escapa a la simple descripción realista: estamos hablando de ambientes que están en el plano del recuerdo y de la memoria personal y que, por ese motivo, alcanzan justamente ese carácter imperecedero.


“Roma”, de esta manera, plantea un universo en el que las acciones se van volviendo rituales por dos motivos: por un lado, para marcar justamente la lógica de conflictos eternos (la explotación, la arrogancia de ciertas clases sociales, los conflictos que ocurren en el México de ayer pero que miran claramente al de hoy) y darles un carácter atemporal, que continúa vigente. Pero también para que el filme alcance ese carácter afectivo que se marca a través de espacios y lugares que, a partir de la puesta en escena de Cuarón, cobran una fuerza basada en sus texturas. Ese impacto físico es la forma que tiene el cineasta de representar su propia memoria.


Puede parecer contradictorio que la crítica social y el lado afectivo de la representación de la memoria convivan, de forma tan orgánica, en la película. Pero la memoria suele ser así: muchas veces los tiempos convulsos y las situaciones más desiguales e injustas vienen acompañadas de recuerdos menos amargos y mucho más alegres y cálidos que conviven en uno. En esa contradicción está la riqueza de una película como “Roma”.


Rodrigo Bedoya Forno

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