• Rodrigo Bedoya Forno

Girl

Las polémicas que ha suscitado “Girl”, película belga de Lukas Dhont, que ahora se puede ver en Netflix, no son pocas. La cinta, ganadora de la Cámara de Oro (mejor ópera prima) en el Festival de Cannes del año pasado, ha suscitado una serie de reacciones por parte de la comunidad trans, que han cuestionado la representación que el filme hace de Lara (Victor Polster) una adolescente trans que, mientras sigue un tratamiento de hormonas, busca ser una bailarina profesional.


Lara tiene el total apoyo de su padre en ese proceso, pero ella misma sufre por la enorme presión de su condición: no solo los duros entrenamientos del ballet hacen mella en ella, sino también esa discriminación constante que vive toda persona transgénero, incluso cuando no es necesariamente explícita. Demasiado con lo que lidiar para una chica de tan solo 15 años.


Dhont apuesta por una puesta en escena realista: la cámara siempre está en constante movimiento metiéndonos de lleno en la cotidianidad del personaje. Las conversaciones con su padre, las terapias para la reasignación de su género, los entrenamientos del ballet son filmados por el director con esa tensión que proporciona la cámara en mano. Incluso en los momentos más cotidianos sabemos que hay mil cosas que pasan por la cabeza de Lara, y la puesta en escena busca reflejar esa incomodidad, como si hubiera una carga emocional que estuviera a punto de explotar en cualquier momento.




Lo mejor de “Girl” está justamente en la observación cotidiana de Lara, en los momentos en los cuales aparentemente no pasa nada y, sin embargo, las diferencias están ahí, latentes. El momento de las reunión con sus compañeras de ballet funciona justamente por eso: va mostrando como la discriminación comienza como un juego, y la puesta en escena, a través de su observación nerviosa, fortalece esa normalidad. La historia de Lara es la historia de muchas adolescentes y mujeres trans que deben lidiar con una discriminación que no necesariamente es explícita o evidente, pero que está ahí, como flotando en el aire, presente en forma de juego o de broma.


El problema del filme, sin embargo, es que por momentos decide cargar las tintas con el malestar del Lara, como si no hubiera quedado claro desde un principio. Ahí la cámara en mano ya no es un herramienta para mostrar la tensión latente dentro de la normalidad, sino para subrayar los malestares de Lara y todo con lo que tiene que lidiar. “Girl”, en su segunda parte, va cediendo frente al didactismo: de pronto el sufrimiento de la protagonista debe ser reforzado una y otra vez para que su vía crucis quede explícito y subrayado.


“Girl” funciona cuando opta por susurrar, por mostrar cómo las tensiones emocionales y la discriminación están metidas en la normalidad, en el día a día que debe vivir la protagonista. Cuando decide hacer explícitas esas tensiones, los resultados son menos satisfactorios.

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